Como aves de rapiña, buscan coger desprevenida a su presa

Cuando llueve en la ciudad aparecen de repente, como salidos de la nada, los vendedores ambulantes de paraguas, de manera semejante, cuando se lleva a cabo o se pretende ejecutar una obra en el valle de Tambo surgen, de todas partes, los opositores “lentejeros”; aquellos que se benefician del arte de no hacer nada, de la pobreza ajena, obstrucción y agitación social.

Los vientos soplan y traen buenas nuevas, porque pronto llegarán al valle el trabajo esperado y las posibilidades de una vida más digna para todos. Con estos aires llegan también aquellos activistas, que parecen salir de las rocas, que buscan su propio provecho y viven del infortunio de los demás.

Afortunadamente, estos buitres de la desesperanza ya no nos engañan y nadie debe prestarles oídos a sus voces disonantes de malagüero, que cantan tragedias respecto de la minería, mientras Ilo progresa gracias a ella, como sucede en Tacna, Apurímac, Ica, etc.

Quienes se opusieron a la minería, al gas de Camisea y al desarrollo del Perú son las mismas aves de rapiña y malagüero, ante los cuales la responsabilidad de las autoridades es promover el desarrollo y no dejarse intimidar por estos oscuros seres que actúan con violencia y malas artes, como aquellas usadas por el terrorismo que asoló a nuestro país antaño.

Estos activistas del infortunio utilizan la noble causa del cuidado ambiental para solapar sus ideas y vaticinios trágicos. Pero ellos no dicen la verdad. Primero, ¿acaso no contaminan los pesticidas que se emplean en el agro?, sí, pero, en algunos casos, resultan necesarios para combatir las plagas.  Segundo, ¿se contamina cuando echamos nuestros residuos sólidos al río Tambo sin tratarlos? Aunque, las aguas del río llegan al mar, estos sí contaminan.  Tercero, ¿se contamina cuando se hacen las necesidades fisiológicas en el campo?  Claro que sí se contamina.

Entonces, ante estos tres ejemplos, ¿cuáles serían las soluciones para esos personajes “anti” todo? ¿Dejar que las plagas destrocen nuestros cultivos? o ¿dejar de echar las excretas al río? Y, entonces, ¿dónde las dejamos?, porque en el valle no hay dinero para construir una planta de tratamiento de aguas residuales.

Para los “lentejeros”, la minería no debiera existir en el valle, sin embargo, sin ella no habría cómo darles sus lentejas, ni habría hilos de cobre para que puedan disfrutar de la electricidad en sus casas. Así, podrían señalarse múltiples contradicciones en el discurso de estos activistas pseudo ambientalistas. Lo cual revela que sus reales intereses no están en la erradicación de la actividad minera ni en la posible contaminación —ante la cual, la empresa del proyecto minero para el valle ha explicado suficiente y eficazmente que no traerán más contaminación— sino en otros oscuros intereses, que nada tienen que ver con el bien común ni el bienestar del pueblo.

Como aves carroñeras, los “anti” todo, se quieren cebar con el dolor de los deudos de aquellos que partieron en medio de trágicas circunstancias, y quieren celebrar aquello, al parecer, con más muertes. El recuerdo de la partida debe ser motivo de reflexión y no de destrucción, pues, al fin y al cabo, todos en el valle deben querer el mismo crecimiento y bienestar para todos. El mejor homenaje a los muertos está en celebrar la vida con unidad y prosperidad.

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