Violencia disfrazada de amor

Carolina tiene 25 años, vive en Mollendo, ciudad donde nació, creció, vivió y dio vida a su única hija, Lucía. Carolina mira el noticiero, como cada noche y se encuentra con la noticia de una mujer agredida, violada o muerta, como cada noche. Ella ha visto los casos emblemáticos de violencia contra la mujer en el país, el de Arlette Contreras, arequipeña como ella, el de Lady Guillén, el de Lorena Álvarez, el de Eyvi Ágreda.

También el de la esposa del exasesor del Gobernador Regional de Arequipa, Hugo Mendoza, y el de Edith Cuentas, la todavía esposa del alcalde de Mariano Melgar, Percy Cornejo Barragán. Puede reconocer lo que pasan y sienten estas mujeres, porque ella también fue agredida por su pareja.

Fue violencia física, verbal, psicológica y emocional. Pasó desde mucho antes de irse a vivir con su agresor, desde los primeros meses de enamoramiento. Ella pensaba que era tierno que él la celara, que él revisara su celular y sus redes sociales compulsivamente. Se preocupa por mi y quiere involucrarse en mis cosas, lo justificaba. No supo identificar a tiempo esas señales de alerta.

De los celos y la revisión de celular pasó al control excesivo, la llevaba al instituto, la recogía también. La reprochaba si se ponía faldas muy cortas o si se maquillaba, “las casas solo se pintan cuando se quieren vender”, le decía. Buscaba excusas para que ella no fuera a visitar a sus amigos o a su familia, que de seguro le dirían lo desmejorada que se veía.

Antes de cumplir un año de romance, una tarde, tras discutir porque él la encontró conversando con un compañero de clases, le pegó por primera vez. Ella debió terminar en ese momento, pensó en hacerlo. Hasta el día siguiente en que él llegó a la casa de ella con flores, un regalo y un largo pliego de disculpas que Carolina escuchó y aceptó. Ese fue el inicio del círculo agresión – disculpas – reconciliación. 

Pasaron 4 años y la violencia iba en ascenso. Las cachetadas se convirtieron en palizas acompañadas de insultos. Cuando no se daban los golpes, empezaban los comentarios del tipo “estás loca”, “tienes suerte de estar conmigo siendo tan fea como eres”, “eres una inútil”, “voy a buscar en la calle lo que tú no me das”. Hasta que llegó el día en que Carolina entendió que era víctima y que no era su culpa. Venció el miedo, la vergüenza y denunció a su agresor, su verdugo, su pareja. Lo hizo por ella, pero también por Lucía. No quería que ella creciera viendo la violencia doméstica como algo habitual.

El caso de Carolina es uno de los 10,386 casos atendidos por el Centro de Emergencia Mujer (CEM) en Arequipa durante el 2019. También fue una de las 1,480 mujeres que denunciaron a su agresor y, gracias al apoyo legal del CEM, pertenece a las 4,718 personas que consiguieron medidas de protección. Ella entendió, más tarde que temprano que la violencia es un círculo que se rompe, cuando rompes el silencio.

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